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El teatro de 1939 a finales del s.XX

Al terminar la Guerra Civil, el teatro español se enfrenta a tres grandes problemas. El primero concierne a los condicionantes comerciales del género, ya que tan solo las clases adineradas y poderosas pueden asistir a las representaciones, y la censura impide cualquier contenido social o político. Otra dificultad reside en la muerte o el exilio que sufren grandes escritores e intelectuales, especialmente los que pertenecen al teatro innovador anterior al conflicto civil. Y en último lugar, al no quedar apenas escritores, los empresarios teatrales recurren a traducciones de obras extranjeras, dificultando el estreno de las obras nacionales.

El teatro de posguerra, de los años 40, se caracteriza por el continuismo en el ámbito de la comedia de Benavente; un teatro burgués, cuyos personajes pertenecen a las clases acomodadas y urbanas, casi siempre con asuntos de enredos matrimoniales y adulterios. Este teatro defiende los valores tradicionales con una escenografía realista, en la que se mezcla el humor con el sentimentalismo, con el propósito de entretener. Destacan Luca de Tena y Calvo Sotelo. También poseemos un teatro cómico que busca renovar la risa, provocándola mediante situaciones absurdas. Destaca Mihura con Tres sombreros de copa, que une la tradición con humor, con la espiritualidad iconoclasta de las vanguardias, satirizando la mediocridad burguesa y la miseria del teatro de variedades. Asimismo, resalta la renovación del lenguaje dramático de Poncela en Eloísa está debajo de un almendro. Y no podemos olvidar el teatro existencialista, que pretende representar los conflictos del hombre, así como las preocupaciones sociales, pero será difícil exponer la crítica debido a la censura franquista imperante.

Destaca Buero Vallejo con su teatro inconformista, que introduce sutilmente la denuncia social, con Historia de una escalera, donde se muestra el conflicto amoroso, las penurias económicas y la carencia de estímulos del individuo. Debemos mencionar el teatro del exilio, desarrollado en México y Argentina, que mantiene diferencias estéticas con el cultivado en España, en el que destacan Max Aub en San Juan, que trata el tema de la ayuda a los exiliados; y Alejandro Casona, con La dama del Alba.

En la década de los 50 se desarrolla el teatro social y de denuncia, gracias a cierta relajación de la censura y a la necesidad de que la escena expresara los problemas sociales de la época y la injusticia en la España de posguerra. Influye al mismo tiempo la aparición de un público joven y universitario, que pide un teatro nuevo. La temática tratará la desigualdad social, así como el triste estado de ánimo de los españoles. Buero Vallejo defiende la dignidad humana en sus obras con técnicas realistas que recuperan elementos de las comedias de costumbres, el esperpento y el expresionismo (El tragaluz). Surge así el drama realista, frente a lo trivial o lo nimio, intentando crear un teatro comprometido. Otro autor que destaca del teatro de los 50 es Alfonso Sastre (Escuadra hacia la muerte).

Tras Buero y Sastre, en los años 60 surge un grupo de autores jóvenes que logran un teatro basado en la verdad e inspirado en la visión esperpéntica que ofrecía el teatro de Valle- Inclán. Destacan Carlos Muñiz (El tintero), Lauro Olmo (La camisa) o Martín Recuerda (Las salvajes en Puente San Gil). Dentro de la línea tradicional y comercial, la comedia alcanza en estos años el mayor grado de evasión posible con autores como Alfonso Paso en su comedia Aurelia y sus hombres.

A partir de los años 70 se da un teatro más exigente y renovador, experimental en las formas y dirigido a un público más minoritario. Predominan los elementos simbólicos y vanguardistas, lo grotesco y lo imaginativo. Cobran también importancia los recursos sonoros, visuales y corporales. Fernando Arrabal crea el llamado teatro pánico, caracterizado por la confusión, el humor, el terror y la euforia. Pretende ser un teatro total que exalta la libertad creadora y persigue la provocación y el escándalo del espectador (El arquitecto).

Surgen los simbolistas, que renuevan la expresión dramática. Sigue siendo un teatro de protesta y denuncia, en el que el tema dominante es el poder opresor, la injusticia y la alienación. Con influencias del teatro político de Brecht. Se desecha el enfoque realista para sustituirlo por lo simbólico, lo que conllevará que el drama sea una alegoría que hay que descifrar, donde los personajes suelen ser símbolos (el dictador, el oprimido...) Destaca Buero Vallejo, con La fundación (1974), en la que se implica al espectador, haciéndole creer que es un personaje más, en aras de la dura reflexión sobre la condición humana.

Es Francisco Nieva quien conecta con el teatro del absurdo, pero sin su pesimismo, planteándose el problema de las relaciones entre el hombre y la sociedad represiva que lo degrada. (Coronada y el toro). Del teatro comercial destaca Antonio Gala, con Anillos para una dama.

Es a partir de 1975 cuando, una vez recuperada la democracia, proliferan grupos de teatro independiente, como Els joglars y Els comediants, comprometidos social e ideológicamente y otorgando más relevancia al espectáculo que al texto.

Con la llegada de la libertad, se crea y fomenta un teatro oficial (Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico). Destacan Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano), Sanchis Sinisterra (¡Ay, Carmela!) y J.L. Alonso de Santos, con estilo costumbrista y social (Bajarse al moro y La estanquera de Vallecas).

Víctor Velasco Regidor
Profesor de Lengua y Literatura Castellana

     

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