miércoles, 24 de abril de 2013

La poesía de Antonio Machado

"-Nuestro español bosteza.

¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?

Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?

-El vacío es más bien en la cabeza."


Estudio de la obra machadiana

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Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura.

 
De ningún modo quisiera yo –habla Juan de Mairena a sus alumnos– educaros para señoritos, para hombres que eludan el trabajo con que se gana el pan. Hemos llegado ya a una plena conciencia de la dignidad esencial, de la suprema aristocracia [11] del hombre; y de todo privilegio de clase pensamos que no podrá sostenerse en lo futuro. Porque si el hombre, como nosotros creemos, de acuerdo con la ética popular, no lleva sobre sí valor más alto que el de ser hombre, el aventajamiento de un grupo social sobre otro carece de fundamento moral. De la gran experiencia cristiana todavía en curso, es ésta una consecuencia ineludible, a la cual ha llegado el pueblo, como de costumbre, antes que nuestros doctores. El divino Platón filosofaba sobre los hombros de los esclavos. Para nosotros es esto éticamente imposible. Porque nada nos autoriza ya a arrojar sobre la espalda de nuestro prójimo las faenas de pan llevar, el trabajo marcado con el signo de la necesidad, mientras nosotros vacamos a las altas y libres actividades del espíritu, que son las específicamente humanas. No. El trabajo propiamente dicho, la actividad que se realiza por necesidad ineluctable de nuestro destino, en circunstancias obligadas de lugar y de tiempo, puede coincidir o no coincidir con nuestra vocación. Esta coincidencia se da unas veces, otras no; en algunos casos es imposible que se produzca. Pensad en las faenas de las minas, en la limpieza y dragado de las alcantarillas, en muchas labores de oficina, tan embrutecedoras... Lo necesario es trabajar, de ningún modo la coincidencia del trabajo con la vocación del que lo realiza. Y este trabajo necesario que, lejos de enaltecer al hombre, le humilla, y aun pudiera degradarle, el que debe repartirse por igual entre todos, para que todos puedan disponer del tiempo preciso y la energía necesaria que requieren las actividades libres, ni superfluas ni parasitarias, merced a las cuales el hombre se aventaja a los otros primates. Si queda esto bien asentado entre nosotros, podremos pasar a examinar cuanto hay de supersticioso en el [12] culto apologético del trabajo. Quede para otro día, en que hablaremos de los ejércitos del trabajo.

Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Por eso yo no he pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular. Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.


Juan de Mairena. Antonio Machado

miércoles, 10 de abril de 2013

Comentarios de texto literario de El Lazarillo de Tormes. 1º de Bachillerato

La vida Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades

a) Localización del texto en su contexto (presentación, género, subgénero, forma literaria, tipo de escrito, punto de vista, autoría y contexto histórico y literario.)
b) Resumen del argumento del texto.
c) Análisis del contenido (temática y caracterización de personajes.)
d) Interpretación de la forma y el estilo (estructura, tiempo, espacio y estilo del texto en relación con el conjunto de la obra.)
e) Iterpretación y análisis crítico.



TEXTO I: TRATADO III

-Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.
«La muy buena que tú tienes -dije yo entre mí- te hace parecer la mía hermosa».
Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele:
-Señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada que no habrá a quien no convide con su sabor.
-¿Uña de vaca es?
-Sí, señor.
-Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que así me sepa.
-Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.
Póngole en las uñas la otra, y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco. Y asentóseme al lado y comienza a comer como aquél que lo había gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
-Con almodrote -decía- es éste singular manjar.
«¡Con mejor salsa lo comes tú!» -respondí yo paso.
-Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hubiera comido bocado.
«¡Así me vengan los buenos años como es ello!» -dije yo entre mí.
Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído. Es señal que, pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuimos a dormir, como la noche pasada.
Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.
Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que, escapando de los amos ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad. Y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal. Porque una mañana, levantándose el triste en camisa, subió a lo alto de la casa a hacer sus menesteres y, en tanto yo, por salir de sospecha, desenvolvíle el jubón y las calzas, que a la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso, hecha cien dobleces y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese tenido mucho tiempo.
«Éste -decía yo- es pobre, y nadie da lo que no tiene; mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste es de haber mancilla».
Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir; al cual, con toda su pobreza, holgaría de servir más que a los otros, por lo que he dicho. Sólo tenía de él un poco de descontento: que quisiera yo que no tuviera tanta presunción; mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad. Mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada: aunque no haya cornado de trueco ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como el año en esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley, desde a cuatro días que el pregón se dio, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles. Lo cual me puso tan gran espanto que nunca osé desmandarme a demandar.
Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores, tanto que nos acaeció estar dos o tres días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento. Que, de la lacería que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.

Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos en casa bien los estuvimos sin comer. No sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja, de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo:
-Malo está de ver, que la desdicha de esta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste, oscura. Mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer. Ya deseo se acabe este mes por salir de ella.
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:
-Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más te hago saber, porque te huelgues: que he alquilado otra casa y en ésta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene y tal oscuridad y tristeza! Ve y ven presto y comamos hoy como condes.
Tomo mi real y jarro y, a los pies dándoles prisa, comienzo a subir mi calle encaminando mis pasos para la plaza, muy contento y alegre. Mas, ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y así fue éste, porque, yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente que en unas andas traían. Arriméme a la pared por darles lugar, y, desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes voces y diciendo:

-Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni beben!
Yo, que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije:
«¡Oh desdichado de mí, para mi casa llevan este muerto!»

Texto II: PRÓLOGO

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y, a los que no ahondaren tanto, los deleite. Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debería romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar de ella algún fruto. Porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y, a este propósito, dice Tulio: «La honra cría las artes».
¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala tiene más aborrecido el vivir? No por cierto; mas el deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y así en las artes y letras es lo mismo. Predica muy bien el presentado y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le pesa cuando le dicen: «¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho vuestra reverencia!». Justó muy ruinmente el señor don Fulano, y dio el sayete de armas al truhán, porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera verdad?
Y todo va de esta manera: que, confesando yo no ser más santo que mis vecinos, de esta nonada, que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.
Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico si su poder y deseo se conformaran. Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.

lunes, 1 de abril de 2013

Tema XI. Novela y cuento hispanoamericano de la IIª mitad del siglo XX

Tras el estancamiento de la novela en las primeras décadas del siglo XX, en los años 40 y 50 se experimentaron nuevas formas de narrar en Hispanoamérica. Este cambio coincide con una época de grandes transformaciones sociales en el continente, con un espectacular crecimiento de las grandes ciudades y una realidad cada vez más lejana del mundo rural poscolonial del siglo XIX. En cuanto al contenido, conviven diversas tendencias: los relatos de índole metafísica de Borges y Lezama Lima, la narrativa de corte existencial de Onetti y Sábato y el realismo mágico de García Márquez, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier.

Los rasgos formales de la nueva narrativa son el narrador protagonista, personaje o testigo, con perspectiva múltiple; la ruptura de la linealidad temporal mediante inversión o el caos temporal; y la preocupación por la elaboración sintáctica, el ritmo de la prosa y el poder sugerente del lenguaje.

En el ámbito de la narrativa metafísica, destacó Borges por la inquietud por los problemas transcendentes, con temas como la inmortalidad, el infinito o el destino del hombre (El Aleph). Asimismo, José Lezama Lima alcanzó gran notoriedad con la publicación de Paradiso, donde las preocupaciones existenciales son constantes.

En lo concerniente a la narrativa existencial, es la reflexión sobre la condición humana lo prioritario en las novelas. El uruguayo Juan Carlos Onetti describe con su visión pesimista unas vidas frustradas y amargadas, observables en El astillero y Juntacadáveres. Ernesto Sábato destacó por El túnel, donde nos narra una historia de amor y locura, en la que se manifiesta la incomunicación y la angustia vital; y Sobre héroes y tumbas, con la frustración y la hipocresía social como asuntos.


La narrativa social hereda de la novela indigenista la denuncia de los conflictos raciales en Hispanoamérica. Es Miguel Ángel Asturias quien mejor representa esta tendencia en El señor Presidente, donde, a través de la figura del dictador, mezcla lo absurdo con lo grotesco en una atmósfera de pesadilla.

Surge en este momento el realismo mágico, que constituye una representación compleja del mundo, admitiendo al mismo nivel lo racional, lo mágico y lo fantástico y queriendo reflejar la identidad de América. Frente al realismo tradicional, se produce una ruptura que se manifiesta en la mezcla de lo extraordinario con lo normal, manteniendo un tono verosímil.

El cubano Alejo Carpentier publica El reino de este mundo, en cuyo prólogo explica su teoría de “lo real maravilloso”, donde afirma que el escritor no tiene necesidad de crear mundos mágicos ya que la propia realidad americana es mágica, maravillosa y llena de excesos y contrates. Otras de sus obras son El siglo de las luces y Los pasos perdidos.

En Julio Cortázar lo fantástico adquiere una ambientación más cosmopolita y más alejada de América que en otros autores. Su obra se caracteriza por su radical experimentalismo formal y por su análisis del hombre contemporáneo. Su principal novela, Rayuela, es un referente de la literatura hispanoamericana, con una estructura en secuencias sueltas que permite varias interpretaciones, mediante una lectura lineal o salteando capítulos. En ella observamos cómo el ser humano no halla respuestas para su angustia vital y la sensación de soledad.

Augusto Roa Bastos es el autor de Yo el supremo, que relata la historia del dictador de Paraguay. Y Juan Rulfo destaca por Pedro Páramo, obra que representa la cumbre de la llamada novela de la Revolución mejicana. Lo más llamativo reside en los juegos espacio-temporales constantes en la narración del viaje de un hombre al pueblo de su padre, cuya historia reconstruirá con vivos y muertos.

La definitiva renovación de la novelística hispanoamericana se produce a partir de los años sesenta con el “boom de la novela hispanoamericana”. Surgió unido a la presencia en Europa de muchos escritores hispanoamericanos y al apoyo de las editoriales españolas.

Los autores más significativos de este fenómeno narrativo son García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes. El colombiano Gabriel García Márquez es de los más famosos escritores, por la emblemática obra Cien años de soledad, novela que narra la historia de siete generaciones de la familia Buendía en el imaginario Macondo. Allí simboliza, mediante una capacidad narrativa desbordante, la conflictiva realidad del continente y del ser humano en general. Otras de sus obras más representativas son Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos y Memorias de mis putas tristes.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa es otra de las grandes figuras narrativas por su incansable indagación en las técnicas y por la complejidad de los mundos novelescos.


Su primera obra, La ciudad y los perros, encabezó el boom y expresó, a través de la denuncia del machismo y la violencia en un colegio militar de Lima, una gran crítica a la sociedad peruana. Otras novelas interesantes son La casa verde, Pantaleón y las visitadoras y La fiesta del chivo.

La obra del mejicano Carlos Fuentes se caracteriza por la innovación narrativa y el análisis de la problemática social y política de su país. Su novela fundamental es La muerte de Artemio Cruz, que presenta múltiples saltos espacio-temporales y una estructura con tres perspectivas narrativas, en aras de ofrecer una visión crítica de la revolución mejicana a través de un político corrupto agonizante.

Obras de autores contemporáneos que destacan son Tierra pródiga, de Agustín Yánez; El beso de la mujer araña, de Manuel Puig; La mujer imaginaria, de Jorge Edwards; La casa de los espíritus, de Isabel Allende; El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta; Como agua para chocolate, Laura Esquivel; La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso; y El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti.

Junto a la novela, el cuento ha sido un subgénero ampliamente cultivado en Hispanoamérica. De los años cuarenta y cincuenta, destaca Borges (Ficciones y El libro de arena); Juan Rulfo, autor de quince cuentos recogidos en El llano en llamas, en los que retrata la dureza de la vida rural mexicana y su pobreza física y moral); Alejo Carpentier (Guerra en el tiempo); y Onetti (Tiempo de abrazar, Tan triste como ella y otros cuentos).

Respecto a los años sesenta, hemos de señalar que los cuentos de los autores del boom han pasado en algunos casos inadvertidos debido a la importancia de sus novelas. Dignos de mención son: Julio Cortázar (Bestiario y Las armas secretas); Mario Benedetti (Montevideo y La muerte y otras sorpresas); Augusto Monterroso (La oveja negra y demás fábulas); García Márquez (Relato de un náufrago y Doce cuentos peregrinos); y Vargas Llosa (Los jefes y Los cachorros).

Víctor Velasco Regidor
Profesor de Lengua y Literatura Castellana






jueves, 7 de marzo de 2013

Interpretación crítica de la obra posterior a 1939


Tres sombreros de copa es la mejor obra de Miguel Mihura por su humor y originalidad. Estrenada con gran éxito de público en 1952, tras la Guerra Civil,  pertenece a un género teatral poco frecuente en España, el teatro del absurdo. Destaca por su originalidad y su humor amargo y ácido que, unido a la ironía y la sátira, sirven a Mihura para denunciar la falta de libertad individual, así como la falsedad, la hipocresía y los convencionalismos sociales que impiden la felicidad.

Nos encontramos pues ante una de las obras más representativas del teatro cómico de la posguerra, que busca renovar la risa, provocándola mediante situaciones absurdas. Mihura fusiona la tradición con el humor y la espiritualidad iconoclasta de las vanguardias en aras de la sátira que realiza de la mediocridad burguesa y la miseria del teatro de variedades.

 
El género teatral de la posguerra se halla condicionado por los perversos efectos de la Guerra Civil, así como por los escasos recursos económicos disponibles, sin olvidar la censura del régimen franquista. En este contexto desolador, el teatro cómico de Mihura discurre entre lo absurdo y lo ilógico, manteniendo el equilibrio entre la libertad y las exigencias sociales. Combate el pesimismo con humor y con cierta ternura, manifestándose en contra de los representantes del teatro burgués. Emplea un lenguaje disparatado, a la vez que sencillo y expresivo, respetando la clásica regla de las tres unidades dramáticas. La comicidad en los diálogos lleva la marca del vanguardismo de preguerra, marcado por la tendencia a lo irracional, inundando de ocurrentes y disparatados juegos de palabras las conversaciones.

 
El tema principal de la obra es la felicidad imposible de los personajes, además del aburrimiento y la monotonía, la tensión que se desencadena entre el individuo y la sociedad  y el enfrentamiento entre el mundo burgués y el del espectáculo.

 
En lo que concierne al simbolismo que encierran algunos aspectos de la obra, destaca el título de la misma por ser el sombrero parte del traje de etiqueta del mundo burgués, así como del vestuario de las bailarinas de espectáculo. El sombrero representa la vida respetable y, al mismo tiempo, es el símbolo de una vida libre y espontánea. Ahí se encuentran los dos extremos que Mihura enfrenta a través de los personajes. De éstos, destaca cómo Mihura los caracteriza a partir de los nombres y las acotaciones, empleando a Margarita para realizar una hábil parodia de la moral tradicional burguesa. Es Dionisio un hombre ingenuo y triste, con una vida cargante y melancólica, que confía en ser feliz con su futura esposa, Margarita; sin embargo, tras conocer a Paula, modifica su sentir. Aunque su falta de valor le impide romper sus planes de boda. Destaca el personaje de Paula por su alegría y espontaneidad, y por la envidia que experimenta a la prometida de Dionisio.


La finalidad de la obra es sin duda la crítica a la falsedad social mediante la hipérbole, la caricatura, lo incongruente y la ironía. Así pues, Mihura se vale del humor para arremeter contra los tópicos y los estereotipos de la sociedad burguesa, mediante situaciones tan rocambolescas como la presencia de pulgas que atormentan a Dionisio, el uso inadecuado de objetos o contextos confusos. La comicidad de los personajes deriva de su apariencia grotesca,  su indumentaria y  sus acciones, y todo ello es inseparable de las situaciones que protagoniza una mujer barbuda o la decisión de don Sacramento de regalar conejos muertos.

Estudio de la obra

Rasgos literarios de la obra



Víctor Velasco Regidor
Profesor de Lengua Castellana y Literatura

lunes, 4 de marzo de 2013

Tema X. La novela de 1939 a 1974


La Guerra Civil ocasionó una gran brecha en la literatura española, debido a la muerte de algunos escritores o el exilio de la mayoría. Asimismo, hemos de tener en cuenta la censura franquista, el aislamiento internacional y la miseria del país. En los primeros años de la posguerra, los escritores se dividieron en dos grupos: los que glorificaban el régimen franquista y aquellos que reflexionaban sobre las causas del enfrentamiento y reflejaban la situación dramática del país. Por ello, los temas más cultivados son los concernientes a la guerra y la nostalgia. Destaca la variedad de tendencias novelísticas, como la triunfalista (defiende las nuevas circunstancias del país), la psicológica (analiza el carácter y comportamiento de los personajes), la novela poética (en la que prima la forma) y la simbólica (en la que se representan ideas o conflictos de los personajes).

 
Se trata pues de un panorama desolador, el de los años cuarenta, una época en la predomina el realismo por ser el estilo idóneo para narrar la situación social, desde una perspectiva personal y existencial, ya que la censura imposibilitaba cualquier intento de denuncia o crítica. A veces la novela deriva en tendencias como el tremendismo con una visión pesimista y trágica, con la soledad o la inadaptación social como temas y los marginados y angustiados como personajes. Destaca La familia de Pascual Duarte, de Cela; Nada, de Carmen Laforet; y La sombra del ciprés es alargada, de Delibes. En el exilio, son Ramón J. Sender (Réquiem por un campesino español), Ayala (Muertes de perro) o Rosa Chacel (La sinrazón) los que realizan la labor crítica de aquella España.

 
En los años 50, se produce en España cierto aperturismo internacional y la relajación de la censura, que inciden en la literatura. La colmena, de Cela, por su costumbrismo crítico y por reflejar la sociedad de la inmediata posguerra, es un precedente de la novela social.

 
 Se observan dos grandes tendencias: el neorrealismo y la novela social. El primero se centra en los problemas del hombre como ser individual, como la soledad y la frustración, donde destacan Ana María Matute (Los hijos muertos), Ignacio Aldecoa (El fulgor y la sangre), Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama) y Carmen Martín Gaite (Entre visillos). Por otro lado, la novela social se ocupa de los problemas de los grupos sociales, en la que resalta Juan Goytisolo, por ser el novelista social más importante (El mañana efímero). También destacan Jesús Fernández Santos (Los bravos) y Juan García Hortelano (Nuevas amistades).

 
El tema central de la novela es la propia sociedad española: la dureza de la vida en el campo, las dificultades de la transformación de los campesinos en trabajadores industriales; la explotación del proletariado y la nimiedad de la vida burguesa. El estilo es sencillo, tanto en el lenguaje como en la técnica narrativa, procurando así llegar a un amplio público y los contenidos comprometidos o críticos cobran importancia. Paralelamente, destacan otros autores sin tendencia determinada como Torrente Ballester (Los gozos  y la sombras) o Cela, que se distingue por la riqueza de su léxico y el hábil manejo de la hipérbole (Viaje a la Alcarria).

En estos años, es Miguel Delibes quien, con su amplia producción literaria, destaca sin ninguna duda (El camino y Las ratas).

Ya en los años 60, el agotamiento de la novela social provoca el comienzo de una renovación ideológica y estética. Los jóvenes impulsan movimientos sociales y culturales que cuestionan a las generaciones anteriores, haciendo que el país comenzara a salir de su aislamiento, lo que se reflejó en la novela. Por tanto se inicia una nueva etapa que rompe con el realismo anterior. Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos es la obra que marca la línea divisoria entre las dos formas. Una novela caracterizada por sus innovaciones técnicas, el monólogo interior, el perspectivismo o la subjetividad del autor a la hora de interpretar y narrar los hechos.

La novela experimental atraviesa su momento de esplendor en los años  70, debido a la influencia extranjera, sobre todo la de la narrativa hispanoamericana (Cien años de Soledad, de García Márquez, y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa). Es frecuente la estructura compleja, el empleo de varias perspectivas narrativas, así como el predominio de la forma y el enfoque sobre el fondo. La investigación técnica fue prioritaria para los escritores de este período y afectó a todos los aspectos narrativos, como los personajes o la acción. Destacan las novelas de Delibes (Cinco horas con Mario), Juan Marsé (Últimas tardes con Teresa) y Juan Goytisolo (Señas de identidad).

En estos últimos años del franquismo coexisten los autores de la posguerra (Cela y Delibes) con los representantes del realismo social (Goytisolo y Martín Gaite), junto con los nuevos (Juan Benet).

 

Víctor Velasco

Profesor de Lengua y Literatura Castellana

 

 

martes, 26 de febrero de 2013

Tema IX. La poesía de 1939 a finales del s.XX



La evolución de la literatura española sufrió un corte profundo a raíz de la Guerra Civil debido a la muerte y el exilio de los modelos literarios. Sin embargo, éste no fue tan drástico en la poesía posterior a 1939. Destacan autores del 27 en el exilio como Alberti (Retornos de lo vivo lejano), Salinas (El contemplado), Cernuda (Vivir sin estar viviendo) o Guillén (Clamor). Pero no podemos olvidar en ningún caso la muerte de Machado en el exilio, el fusilamiento de García Lorca o la prisión y muerte de Miguel Hernández.
En los años de enfrentamiento (1936-1939) se desarrolló tanto en el bando republicano  como en el de los sublevados una literatura de propaganda ideológica, pero de escasa calidad, salvo en el caso significativo del poeta Miguel Hernández, con Viento del pueblo, donde la voz del poeta anima a los soldados republicanos en las trincheras. De formación autodidacta, lee a los clásicos y en Madrid entabla amistad con Neruda y Aleixandre. Afiliado al PCE,  fue detenido en la Guerra Civil  y llevado a la cárcel, donde murió enfermo. Destaca por El rayo que no cesa, al ser  una de las obras de sonetos amorosos más bellos de la poesía española de todos los tiempos. También destaca su última etapa, desnuda y profunda, con poemas escritos en la cárcel (Cancionero y Romancero de ausencias), donde se lamenta por la ausencia de los suyos o la separación con su mujer, destacando un poema esperanzador, dedicado a su segundo hijo, Nanas de la cebolla.

La poesía de la inmediata posguerra, la de los años 40, se divide en dos bandos, como ocurre con las dos Españas irreconciliables. Se caracteriza pues por la diversidad de tendencias. Por un lado, nos encontramos la poesía arraigada, en la que destacan autores que sienten simpatía por la dictadura franquista y que tratan temas tradicionales, con métrica y estilística clásica. Sobresalen Luis Rosales y Leopoldo Panero. La otra corriente lírica es la poesía desarraigada, opuesta a la anterior, arrebatada, de agrio tono trágico, de angustia y sufrimiento. El estilo es bronco, sincero y humano, menos preocupado por los artificios estéticos. Sobresalen Dámaso Alonso (Hijos de la ira), Gabriel Celaya y Blas de Otero. Surge el grupo cordobés Cántico, con tendencias personales e intimistas, con Ricardo Molina y Pablo García Baena entre otros.

En los años 50 y comienzos de los 60, se extiende la poesía social. Es un período en el que la poesía toma partido en la situación española, intentando servir de instrumento para cambiar el mundo. El poeta se hace solidario con los demás hombres, con una clara repulsa de la neutralidad ante las injusticias o conflictos sociales. El estilo es claro, sencillo y la lengua es coloquial para que todo el mundo pueda entender el mensaje. La poesía social comienza a desarrollarse de la mano de Vicente Aleixandre (Historia del corazón), Gabriel Celaya (Las cartas boca arriba), José Hierro (Tierra sin nosotros) y Blas de Otero, poeta que evoluciona desde la poesía desarraigada en la que expresa su yo personal y sus angustias existenciales (Ancia) hasta la poesía combativa, en la que se dirige a la "inmensa mayoría" (Pido la paz y la palabra).


En los 50 surge un segundo grupo de poetas que pretende seguir escribiendo poesía crítica, pero con formas más elaboradas y caracterizadas por la preocupación fundamental por el hombre y sus problemas, abandonando el dramatismo y la postura inconformista frente a la realidad que rodea al poeta y el estableciendo una poesía basada en experiencias personales con una temática intimista y cotidiana. El estilo es irónico y humorístico, en aras de un lenguaje musical. Sobresalen Gil de Biedma (Las personas del verbo), Ángel González (Áspero mundo), José Ángel Valente (Punto cero), Claudio Rodríguez (Desde mis poemas) y Francisco Brines.

En 1970 se publica una antología de nuevos autores nacidos tras la Guerra Civil, llamada Nueve novísimos poetas españoles. De ellos destacan Guillermo Carnero (Dibujo de la muerte), Félix de Azúa (Cepo para nutria), Manuel Vázquez Montalbán (Manifiesto subnormal) y Vicente Molina Foix (Los espías del realista). La temática es muy variada (la guerra de Vietnam, la sociedad de consumo o el libertinaje), el estilo es frívolo y el tono grave, a la vez que insolente. Son autores con una importante cultura intelectual, que se muestran inconformistas y rebeldes con el arte establecido e imperante. Su lenguaje recibe las influencias del surrealismo del grupo del 27 y sus modelos son poetas hispanoamericanos como Octavio Paz. La poesía novísima plantea una ruptura con el realismo social de décadas anteriores.

A partir de la recuperación de la democracia en 1975, se observa una gran cantidad de tendencias. En la poesía actual, las orientaciones se han multiplicado, pero se observa una propensión a abandonar el esteticismo por un mayor intimismo y emoción. La temática es muy  variada como lo son los modelos que imitan: místicos, autores barrocos, románticos, noventayochistas, vanguardistas, Generación del 27 o a autores de los 50..... Rescatan el pasado literario español utilizando tanto la métrica tradicional como el verso libre.

Destacan los neosurrealistas, que continúan la línea de algunos novísimos (Blanca Andreu); los posnovísimos, que escriben una poesía de la experiencia (Luis García Montero y Jon Juaristi); los románticos, que prefieren la poesía de la imaginación (Francisco Bejarano); la poesía épica, que recupera el recuerdo de un pasado idílico, en la que destaca Julio Llamazares (La lentitud de los bueyes); y la poesía erótica, que indaga en la intimidad (Ana Rosseti y Juan Castro).



Víctor Velasco
Profesor de Lengua y Literatura Castellana



domingo, 24 de febrero de 2013

Tema VIII. El teatro de 1939 a finales del s.XX

Al terminar la Guerra Civil, el teatro español se enfrenta a tres grandes problemas. El primero concierne a los condicionantes comerciales del género, ya que tan solo las clases adineradas y poderosas pueden asistir a las representaciones, y la censura impide cualquier contenido social o político. Otra dificultad reside en la muerte o el exilio que sufren grandes escritores e intelectuales, especialmente los que pertenecen al teatro innovador anterior al conflicto civil. Y en último lugar, al no quedar apenas escritores, los empresarios teatrales recurren a traducciones de obras extranjeras, dificultando el estreno de las obras nacionales.

El teatro de posguerra, de los años 40, se caracteriza por el continuismo en el ámbito de la comedia de Benavente; un teatro burgués, cuyos personajes pertenecen a las clases acomodadas y urbanas, casi siempre con asuntos de enredos matrimoniales y adulterios. Este teatro defiende los valores tradicionales con una escenografía realista, en la que se mezcla el humor con el sentimentalismo, con el propósito de entretener. Destacan Luca de Tena y Calvo Sotelo. También poseemos un teatro cómico que busca renovar la risa, provocándola mediante situaciones absurdas. Destaca Mihura con Tres sombreros de copa, que une la tradición con humor, con la espiritualidad iconoclasta de las vanguardias, satirizando la mediocridad burguesa y la miseria del teatro de variedades. Asimismo, resalta la renovación del lenguaje dramático de Poncela en Eloísa está debajo de un almendro. Y no podemos olvidar el teatro existencialista, que pretende representar los conflictos del hombre, así como las preocupaciones sociales, pero será difícil exponer la crítica debido a la censura franquista imperante.

Destaca Buero Vallejo con su teatro inconformista, que introduce sutilmente la denuncia social, con Historia de una escalera, donde se muestra el conflicto amoroso, las penurias económicas y la carencia de estímulos del individuo. Debemos mencionar el teatro del exilio, desarrollado en México y Argentina, que mantiene diferencias estéticas con el cultivado en España, en el que destacan Max Aub en San Juan, que trata el tema de la ayuda a los exiliados; y Alejandro Casona, con La dama del Alba.

En la década de los 50 se desarrolla el teatro social y de denuncia, gracias a cierta relajación de la censura y a la necesidad de que la escena expresara los problemas sociales de la época y la injusticia en la España de posguerra. Influye al mismo tiempo la aparición de un público joven y universitario, que pide un teatro nuevo. La temática tratará la desigualdad social, así como el triste estado de ánimo de los españoles. Buero Vallejo defiende la dignidad humana en sus obras con técnicas realistas que recuperan elementos de las comedias de costumbres, el esperpento y el expresionismo (El tragaluz). Surge así el drama realista, frente a lo trivial o lo nimio, intentando crear un teatro comprometido. Otro autor que destaca del teatro de los 50 es Alfonso Sastre (Escuadra hacia la muerte).

Tras Buero y Sastre, en los años 60 surge un grupo de autores jóvenes que logran un teatro basado en la verdad e inspirado en la visión esperpéntica que ofrecía el teatro de Valle- Inclán. Destacan Carlos Muñiz (El tintero), Lauro Olmo (La camisa) o Martín Recuerda (Las salvajes en Puente San Gil). Dentro de la línea tradicional y comercial, la comedia alcanza en estos años el mayor grado de evasión posible con autores como Alfonso Paso en su comedia Anillos para una dama.

A partir de los años 70 se da un teatro más exigente y renovador, experimental en las formas y dirigido a un público más minoritario. Predominan los elementos simbólicos y vanguardistas, lo grotesco y lo imaginativo. Cobran también importancia los recursos sonoros, visuales y corporales. Fernando Arrabal crea el llamado teatro pánico, caracterizado por la confusión, el humor, el terror y la euforia. Pretende ser un teatro total que exalta la libertad creadora y persigue la provocación y el escándalo del espectador (El arquitecto).

Surgen los simbolistas, que renuevan la expresión dramática. Sigue siendo un teatro de protesta y denuncia, en el que el tema dominante es el poder opresor, la injusticia y la alienación. Con influencias del teatro político de Brecht. Se desecha el enfoque realista para sustituirlo por lo simbólico, lo que conllevará que el drama sea una alegoría que hay que descifrar, donde los personajes suelen ser símbolos (el dictador, el oprimido...) Destaca Buero Vallejo, con La fundación (1974), en la que se implica al espectador, haciéndole creer que es un personaje más, en aras de la dura reflexión sobre la condición humana.

Es Francisco Nieva quien conecta con el teatro del absurdo, pero sin su pesimismo, planteándose el problema de las relaciones entre el hombre y la sociedad represiva que lo degrada. (Coronada y el toro). Del teatro comercial destaca Antonio Gala, con Anillos para una dama.

Es a partir de 1975 cuando, una vez recuperada la democracia, proliferan grupos de teatro independiente, como Els joglars y Els comediants, comprometidos social e ideológicamente y otorgando más relevancia al espectáculo que al texto.

Con la llegada de la libertad, se crea y fomenta un teatro oficial (Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico). Destacan Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano), Sanchis Sinisterra (¡Ay, Carmela!) y J.L. Alonso de Santos, con estilo costumbrista y social (Bajarse al moro y La estanquera de Vallecas).

Víctor Velasco Regidor
Profesor de Lengua y Literatura Castellana